‘Kairós’ i l’estada de Dolores García Olmo al Monestir de les Avellanes

Dolores García Olmo, prové de Múrcia, tot i que fa uns mesos que resideix a Lleida on està desenvolupant la seva carrera professional. Fa unes setmanes la Dolores va fer una estada de dues setmanes al Monestir de les Avellanes, convivnt amb la comunitat de Germans Maristes. El principal objectiu de la seva estada era treballar l’anomenada “Teràpia Ordoñez” per tractar la disfèmia que li afecta en la fluïdesa de la parla. La Dolores és l’última de les moltes persones amb la mateixa problemàtica que han fet estada al Monestir de les Avellanes pel mateix motiu. Com sabeu el Monestir de les Avellanes té molt bona relació amb l’Associació de la Tartamudesa de Catalunya (ATCAT) que és qui aplica aquesta teràpia de la mà del seu soci, el Josep Sansalvador. Com es tradició, un cop acaba l’estada demanem a la persona que ens envii un text explicant la seva experiència. Us deixem doncs amb la lectura del text de la Dolores.

Kairós, así llamó mi hermano a la oportunidad que se abría ante mí para poder abordar la limitación que me causa la tartamudez.

Hace años supe, por referencias muy indirectas, que había personas que realizaban una terapia cuyos resultados eran cuestionados por otros. Al cabo de un tiempo vine a coincidir con personas que la realizaron con éxito. Se llama “Terapia Ordóñez” y actualmente la imparte Josep Sansalvador, fundador de la Associació de la Tartamudesa de Catalunya (ATCAT, www.atcat.cat), en el Monestir de les Avellanes.

Lo valoré, me pareció una opción solvente, y un día le pedí a Josep que me la impartiera. Su generosidad y afán de servicio -y los de Teresa, su esposa, que también tuvo que acomodar planes familiares- hicieron que mi deseo se hiciera realidad, y así, el día de Reyes de 2019, llegué al Monasterio.

Cuando viajo y veo un edificio de esa nobleza desde la carretera o la vía del tren, me rindo de admiración y curiosidad. Pero como es normal lo siento ajeno a mí. Aquella tarde de Reyes, al acercarme al Monasterio en el coche y verlo emerger, se me dibujó una sonrisa ilusionada haciéndome consciente de que ese lugar no era ya ajeno a mí, sino que iba a ser mi casa durante dos semanas. Como así fue.

Creo que esa sonrisa se instaló ya en mi cara todos los días, y posiblemente se acentuaba aún más cada vez que con el simple hecho de abrir una puerta, me veía en ese magnífico claustro, que también dejaba que lo sintiera mi casa.

En esas cortas dos semanas, hubo muchas vivencias, y como me gusta estructurar las ideas para exprimirlas mejor, hablaré de cuatro vivencias que se dieron en paralelo:

En primer lugar, mi terapia, guiada por Josep, que por fin me dio herramientas para poder manejar este habla a veces atormentadora. La terapia conllevó silencio absoluto durante una semana; un silencio reparador que serena el ánimo y permite reeflexionar y explorar. Casualmente, en la tienda del Monasterio encontré un libro muy acorde: “Biografía del Silencio”, de Pablo D’Ors, que también me ayudó a aprovecharlo mejor.

La segunda gran vivencia fue mi convivencia con los hermanos maristas. De todos me llevé algo, pero el mayor trato lo tuve con los hermanos Pere, Simeó y Enrique, de la Comunidad de la Casa de Espiritualidad, gracias a la generosidad con la que me dejaron entrar en su cotidianidad e incluso en su Fe. La amabilidad exquisita y elegante con la que tratan a los que llegan a la Casa de Espiritualidad, hacía que todos los que nos sentábamos a su mesa nos sintiéramos importantes, que todo lo que dijéramos pareciera del más alto interés. Y nada desdeñable es tampoco el sentido del humor que flotaba en aquella casa, propio de personas que han vivido y reflexionado mucho, y están por encima de muchas formalidades inservibles.

Otra de las vivencias paralelas fue departir con las personas que llegaban a la Casa de Espiritualidad con otros fines: estancias de trabajo, de estudio, de oración… De todos traté de quedarme algo. También de las personas de la Comarca de la Noguera que venían a la misa del domingo en la majestuosa iglesia del Monasterio. Sentarse en aquellos bancos era entregarse gustoso a la quietud y el silencio.

Y, ligando con esto, la cuarta vivencia: la del lugar y su entorno. El Monasterio de las Avellanas no sólo no me resultó ajeno, sino que llegó a hacerse íntimo. Y también, por qué no decirlo, resultó muy “hablador”. El entorno me entretenía con sus muchos símbolos y guiños, sus amaneceres y atardeceres llenos de colores cada día distintos.

Así puede resumirse mi estancia. Yo sigo trabajando en mejorar mi habla, ahora que por fin tengo una herramienta para hacerlo. Y el Monasterio sigue conmigo.

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